
Escrito por: Tatiana Castañeda Quirama, docente de psicología del Politécnico Grancolombiano
El lado invisible del semestre: Durante años hemos insistido en que la universidad es una etapa de crecimiento, descubrimiento y autonomía. Pero ¿qué pasa cuando ese proceso se vive en medio del miedo constante al fracaso, la presión económica y la ansiedad que se esconde detrás de una entrega final? La salud mental de los estudiantes universitarios en Colombia es un asunto urgente, aunque todavía demasiado silenciado.
Me animé a estudiar esta realidad porque, desde el aula, he visto lo que no muestran los informes de gestión ni los discursos institucionales: jóvenes agotados, angustiados, con ideas desesperanzadoras que rara vez se atreven a expresar. En esta investigación evaluamos a 1.178 estudiantes de distintos programas académicos, aplicando herramientas psicológicas validadas como el DASS-21 (depresión, ansiedad y estrés), el inventario SISCO de estrés académico y la escala PANSI para medir ideación suicida.
Los resultados no solo nos estremecieron: nos confrontaron. El 89% de los participantes presentó un alto riesgo suicida, repito: ¡89%! Una cifra alarmante que no puede pasarse por alto. Este porcentaje no representa una población específica, refleja lo que está pasando, de manera transversal, en muchas universidades del país.
El primer dato que salta a la vista es que los estudiantes más afectados son aquellos que apenas inician su formación, muchos de ellos provenientes de los estratos 2 y 3, que además trabajan mientras estudian. Cargar con la presión académica, la incertidumbre financiera y las exigencias del mundo laboral es demasiado para cualquier persona de 18 o 19 años. Lo que estamos viendo no es falta de resiliencia es un entorno que no está pensado para proteger la salud mental de quienes apenas están empezando a construir su futuro.
Programas como derecho, psicología, mercadeo, diseño gráfico y negocios internacionales presentaron los niveles más severos de estrés académico, ansiedad y depresión. Y no porque esas carreras sean «más difíciles», sino porque muchas veces están atravesadas por una competitividad desmedida, una carga de trabajo abrumadora y escasos espacios para el manejo emocional. Lo paradójico es que incluso en programas que forman futuros psicólogos, el malestar emocional es silenciado o minimizado.
Encontramos correlaciones preocupantes: a mayor estrés, mayor depresión, mayor ansiedad y más riesgo suicida. Esto quiere decir que el estrés académico no solo es una consecuencia de un mal día o de una mala nota. Es un detonante y un sostenedor de trastornos afectivos que pueden escalar rápidamente si no se detectan y atienden a tiempo.
Ahora bien, esta no es una invitación al alarmismo, sino a la acción. Como país, debemos dejar de ver la salud mental como un “tema de moda” o una “responsabilidad individual”. No se trata de ofrecer un taller opcional de yoga al semestre, ni de enviar correos con frases motivacionales. Se trata de transformar las condiciones estructurales que enferman emocionalmente a nuestros estudiantes: jornadas extenuantes, escaso acompañamiento psicosocial, penalización del error, discursos de autoexigencia que glorifican el agotamiento.
También se trata de hablar, sin rodeos, sobre el suicidio. La ideación suicida entre jóvenes universitarios existe y crece en el silencio. Si no rompemos ese silencio desde las aulas, los pasillos, las políticas académicas y los servicios de bienestar, seguiremos perdiendo vidas que pudieron haberse salvado con escucha, empatía y acción.
Los datos están sobre la mesa, lo que hagamos con ellos definirá si seguimos normalizando el sufrimiento o si, por fin, decidimos que estudiar no debería costarnos la salud mental.

