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Cuidar a quienes enseñan: una urgencia que no podemos aplazar

Jaime Castro Martínez
Jaime Castro Martínez

Por: Jaime Alberto Castro, docente de la Escuela de Educación e Innovación del Politécnico Grancolombiano

Cuidar a quienes enseñan: en los últimos años he hablado con muchos docentes de distintas regiones del país. Todos comparten algo en común: llegan cansados. Cansados de las jornadas interminables, de las exigencias que no paran, de las tareas administrativas que les quitan tiempo para lo esencial: enseñar. Y cansados también de sentirse solos en un trabajo que, paradójicamente, sostiene a toda una sociedad.

No es exagerado decir que estamos frente a una crisis global. La UNESCO advierte que, de aquí al 2030, el mundo necesitará millones de nuevos profesores solo para cubrir lo básico. En América Latina, si continúa el ritmo de abandono, necesitaremos hasta 12 millones más en 2040. ¿Qué está pasando? ¿Por qué tantos docentes consideran dejar la profesión que alguna vez abrazaron con vocación?

Las razones son conocidas, pero a veces preferimos no mirarlas de frente. Salarios bajos, contratos temporales, escasez de materiales, escuelas que funcionan con lo mínimo y, en no pocos casos, violencia contra los maestros. A esto se sumó la pandemia, que no solo cerró colegios: de un día para otro, miles de docentes tuvieron que reinventarse sin apoyo, asumir roles comunitarios y lidiar con la angustia económica y emocional de sus propios hogares.

En un estudio reciente que realizamos entre el Centro de Innovación Educativa del Politécnico Grancolombiano y la Facultad de Educación de la Universidad de La Sabana con la participación de 410 docentes de 25 departamentos, confirmamos lo que muchos ya intuíamos: el bienestar docente no es un asunto individual. No depende de “fortaleza personal” ni de “ponerle ganas”. Es un fenómeno sistémico, afectado por desigualdades sociales, por instituciones que piden mucho, pero acompañan poco, y por un país que todavía no reconoce el valor de enseñar.

Hay hallazgos que deberían encender alarmas. El estrés es hoy la principal amenaza para la salud mental del profesorado, especialmente entre las mujeres que, además, cargan responsabilidades de cuidado familiar. Entre docentes con el mismo nivel de estrés, los del sector público reportan menor bienestar que los del privado. Y en los territorios rurales o indígenas, la precariedad es aún mayor: allí, muchos docentes son al mismo tiempo profesores, orientadores, gestores sociales y hasta mediadores comunitarios.

Pero no todo son malas noticias. El estudio muestra que las redes de apoyo, entre colegas, en la familia, en la comunidad escolar, actúan como un verdadero salvavidas emocional. Y que las prácticas de autocuidado, desde actividades recreativas hasta el mindfulness, ayudan a proteger la salud mental. Cuando los docentes se sienten acompañados, escuchados y respetados, la probabilidad de abandonar la profesión se reduce drásticamente.

Por eso esta conversación es urgente. No podemos seguir pidiendo actos heroicos a quienes educan a nuestros hijos mientras les ofrecemos condiciones que rozan lo inaceptable. El bienestar docente no es un lujo ni una moda: es un requisito para garantizar el derecho a la educación. Ningún niño aprende bien si su maestro está agotado, mal pagado o debilitado emocionalmente.

Hoy necesitamos políticas que protejan de verdad al profesorado: liderazgos escolares humanos, apoyos psicosociales reales, ambientes colaborativos y una reducción sensata de las cargas laborales. Necesitamos reconocer que enseñar es un trabajo esencial y extremadamente complejo. Y necesitamos hacerlo ya. Porque la crisis de bienestar docente no es un problema del futuro: ya empezó, y la forma en que respondamos a ella dirá mucho sobre el país que queremos construir.

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